De un día para otro, unos zapatos que antes eran cómodos dejan de serlo, caminar empieza a molestar y encontrar un calzado que no apriete se convierte en una pequeña odisea. Para muchas mujeres mayores de 60 años, estas señales se asumen como parte inevitable del envejecimiento.
Sin embargo, los podólogos recuerdan que el dolor de pies y los cambios en su forma deben estudiarse y tratarse. El Ilustre Colegio Oficial de Podología de la Comunitat Valenciana (ICOPCV) alerta de que casi el 75 % de las mujeres mayores de 60 años presenta dolor mecánico o deformidades.
Problemas que, según explican los expertos, lejos de quedarse en una simple molestia, pueden terminar afectando a la movilidad, el equilibrio y actividades cotidianas como salir a pasear o hacer la compra.
Jorge Escoto, podólogo y miembro de la junta directiva del ICOPCV, insiste en que cumplir años no debería llevar a aceptar el dolor como algo irremediable. "Es importante estudiar qué está ocurriendo y no atribuir automáticamente estas molestias a la edad y dejarlo pasar", señala.
Por qué cambian los pies después de los 60 años
Según explica Escoto, los cambios hormonales asociados a esta etapa tienen consecuencias sobre los tejidos del pie. "A partir de los 60 años, el cese prolongado de los estrógenos se traduce en una degradación masiva del colágeno y la elastina", apunta el especialista.
Este proceso puede afectar a las estructuras que sostienen el pie. "Las estructuras ligamentosas pierden su capacidad de tracción, el arco se aplana y el pie experimenta un ensanchamiento defensivo que inutiliza el calzado habitual de la paciente", explica Escoto.
A esto se suman otros problemas frecuentes, como la pérdida de amortiguación de la almohadilla plantar, la artrosis y las deformidades de los dedos. También pueden aparecer alteraciones en la piel, especialmente sequedad, durezas y grietas en los talones que, en los casos más graves, pueden resultar dolorosas e incluso sangrar.
El calzado también puede marcar la diferencia
Cuando el pie cambia, continuar utilizando el mismo tipo de zapato puede incrementar las molestias. El ICOPCV recomienda buscar modelos que se adapten a las características anatómicas de cada mujer, sobre todo en casos en los que ya existen deformidades, dolor o problemas de equilibrio.

Los expertos apuntan a un tipo de calzado caracterizado por una horma amplia, una puntera espaciosa y una “buena sujeción”. También resulta importante que la suela sea antideslizante y que ofrezca una amortiguación adecuada para caminar con mayor comodidad y estabilidad.
En determinados casos, las suelas con una curvatura anterior tipo rocker pueden facilitar el despegue durante la marcha, sobre todo cuando existe rigidez en algunas articulaciones. No obstante, Escoto insiste en que la elección del calzado debe responder a las necesidades concretas de cada pie.
Cuándo pueden ser útiles unas plantillas personalizadas
Cuando el dolor se mantiene en el tiempo o determinadas zonas del pie soportan una presión “excesiva”, un estudio biomecánico permite analizar cómo se distribuyen las cargas durante la marcha y detectar posibles desequilibrios. A través de esa información, el especialista puede decidir si es necesario recurrir a un tratamiento ortopodológico específico.
"Podemos identificar las zonas de sobrecarga y confeccionar plantillas personalizadas que mejoren la distribución de las presiones y aporten la estabilidad que necesita cada paciente", explica Escoto.
El podólogo matiza, eso sí, que este recurso no sirve para todos los casos ni pretende solucionar por sí solo cualquier alteración. "No sustituyen de forma literal la almohadilla grasa natural ni corrigen todas las deformidades", señala.
Su función, subraya Escoto, es “complementar” el tratamiento cuando las características del pie hacen recomendable mejorar el apoyo y repartir las presiones de una manera más adecuada. “La utilidad de las plantillas depende del problema concreto y de una valoración individualizada”, concluye.